¿Por qué no te vienes al fin del mundo conmigo? Quizás no haya sido esa la pregunta, pero yo la he sentido como si así fuese. Contigo siempre necesito más, y a veces tengo la sensación de que tú y tus inseguridades sois incapaces de dar pasos adelante. Aunque lo cierto es que, con seguridad y casi sin que yo me percate, vas dando pasitos cortos pero firmes que a mí me hacen llegar al cielo.
¿Por qué no vienes este fin de semana conmigo al mismo Paraíso? Sí, quiero ir contigo a donde sea. No me importaría descender por el abismo del Inframundo siempre que tu mano roce la mía. Eres el mejor compañero de camino. Los paseos contigo siempre suponen nuevas sensaciones y, aunque siempre recorremos las mismas calles, a mí me parecen nuevas como si las estuviera redescubriendo. Veo con ojos nuevos y espectantes cada rinconcito de cada callejón, y todo gracias a ti, a tu compañía.
Y, ¿por qué no me acompañas un ratito hasta el tren de los sueños? Un tren en el que subimos cada vez que nuestras miradas se encuentran, no importa si luce el sol o si hace un día nefasto, yo, sólo necesito sumergirme en tus ojos oscuros que me miran con tanta dulzura que hasta me atrevería a tomar el café sin azúcar.
Pero siempre tenemos que bajarnos de nuestro tren de ensueño, yo lo hago justo cuando tú subes al que te devuelve a tu realidad y siento que en ese tren se va gran parte de mi ser. Me quedo con los tristes y huyo de sus miradas y sus caras para evitar que me contagien y consigan hacerme una de los suyos. Yo no puedo ser una triste porque sé que algún día vendrás con dos billetes de ida que nos llevarán a cualquier lugar del planeta, donde estaremos juntos para hacer de nuestros paseos algo eterno.
Luciérnaga
domingo, 9 de diciembre de 2012
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Crónica de colores
Amanece lentamente y los tonos anaranjados van tomando posición entre el verde de la campiña. Los tejados disfrutan de estas primeras horas del día, siendo testigos fieles cada veinticuatro horas. El campanario de la parroquia comienza a reflejar desde sus azulejos los leves rayos que el sol va mostrándole para que alumbre el pueblo.
No hay gente por las calles, el ambiente es cansado y espeso en una mañana de lunes. Aunque el sol ha empezado a despuntar, cuatro nubes negras se ciernen sobre la localidad, sin dejar que éste sea el soberano del día. Amanece con pesadumbre en una calle cualquiera, donde hasta los adoquines sienten el peso del dolor, de la angustia, del desasosiego... de la pérdida.
A medida que el reloj sigue su curso, haciendo que el tiempo avance sin remedio alguno, sólo hay un camino transitado en el pueblo, lleno de jóvenes. Jóvenes que bien podrían haber quedado para salir, tomar algo, ir a la piscina o, incluso, dar un paseo a caballo. Jóvenes cuyos pasos son guiados por la tristeza, sonámbulos en un sueño del que quisiseran despertar cuanto antes.
Y el reloj sigue funcionando y no para hasta llegar a las cinco en punto de la tarde. A esa hora el sol reina en la calma de la ciudad y el campanario parroquial comienza a tocar sones fúnebres. Todos los pasos son guiados hasta allí, debajo del campanario, esperando a un anfitrión vestido de corto y arropado por una sobria manta de nogal.
El pueblo escucha entre sollozos las palabras reconfortantes de quien demuestra una entereza que quizás no tenga en ese momento. Gracias a las mismas, los jóvenes tristes vuelven a salir, bajo el sol de la tarde, para despedir a un joven jinete del que sienten orgullo.
Anochece y la plateada noche arropa el pueblo, trayendo consigo más silencio aún que las negras nubes de la mañana. Una urna pequeña es portada entre manos temblorosas y depositada en una habitación ya vacía por su huésped habitual, pero llena de recuerdos imborrables para todos los que la pisan una vez más.
El cielo y el reloj siguen su curso y reclaman la llegada de un nuevo amanecer. El sol vuelve a lucir espléndido, sin ninguna sombra de nubarrones a su alrededor. El campanario volverá a marcar las doce del mediodía y todo será como antes. Sólo un color parece distinto en esta mañana, el verde de la campiña destila notas de esperanza mucho más fuertes que nunca. Los secos y viejos olivares parecen haber resucitado de su letargo y muestran un nuevo ánimo, casi parecen trasplantados de vida nueva, recuperados de una larga enfermedad, semejan sus ramas la alegría de la juventud, el espíritu que tan sólo los dieciocho años pueden otorgar.
Luciérnaga
No hay gente por las calles, el ambiente es cansado y espeso en una mañana de lunes. Aunque el sol ha empezado a despuntar, cuatro nubes negras se ciernen sobre la localidad, sin dejar que éste sea el soberano del día. Amanece con pesadumbre en una calle cualquiera, donde hasta los adoquines sienten el peso del dolor, de la angustia, del desasosiego... de la pérdida.
A medida que el reloj sigue su curso, haciendo que el tiempo avance sin remedio alguno, sólo hay un camino transitado en el pueblo, lleno de jóvenes. Jóvenes que bien podrían haber quedado para salir, tomar algo, ir a la piscina o, incluso, dar un paseo a caballo. Jóvenes cuyos pasos son guiados por la tristeza, sonámbulos en un sueño del que quisiseran despertar cuanto antes.
Y el reloj sigue funcionando y no para hasta llegar a las cinco en punto de la tarde. A esa hora el sol reina en la calma de la ciudad y el campanario parroquial comienza a tocar sones fúnebres. Todos los pasos son guiados hasta allí, debajo del campanario, esperando a un anfitrión vestido de corto y arropado por una sobria manta de nogal.
El pueblo escucha entre sollozos las palabras reconfortantes de quien demuestra una entereza que quizás no tenga en ese momento. Gracias a las mismas, los jóvenes tristes vuelven a salir, bajo el sol de la tarde, para despedir a un joven jinete del que sienten orgullo.
Anochece y la plateada noche arropa el pueblo, trayendo consigo más silencio aún que las negras nubes de la mañana. Una urna pequeña es portada entre manos temblorosas y depositada en una habitación ya vacía por su huésped habitual, pero llena de recuerdos imborrables para todos los que la pisan una vez más.
El cielo y el reloj siguen su curso y reclaman la llegada de un nuevo amanecer. El sol vuelve a lucir espléndido, sin ninguna sombra de nubarrones a su alrededor. El campanario volverá a marcar las doce del mediodía y todo será como antes. Sólo un color parece distinto en esta mañana, el verde de la campiña destila notas de esperanza mucho más fuertes que nunca. Los secos y viejos olivares parecen haber resucitado de su letargo y muestran un nuevo ánimo, casi parecen trasplantados de vida nueva, recuperados de una larga enfermedad, semejan sus ramas la alegría de la juventud, el espíritu que tan sólo los dieciocho años pueden otorgar.
Luciérnaga
martes, 6 de marzo de 2012
Auto medicación, ¿aconsejable o desaconsejable?
Los médicos aconsejan que la auto medicación no es buena, que nuestras defensas pueden acostumbrarse a esas dosis curativas que aportamos a nuestro organismo, cuando no son necesarias o cuando no son las indicadas, y el sistema inmunitario puede no responder a ellas cuando de verdad lo necesite.
Con el espíritu, con todo lo referente a los sentimientos, nadie dice nada; pero es que las dosis de medicina para el alma nuca son contra indicativas.
¿Qué mejor medicina que leer una carta que en un momento determinado te hizo tanta falta? Hoy, quizás mi alma está tan sumamente bien que leer algo así me hace llorar. Y no sólo por la emoción que provocan todas las palabras que encierra un trocito de papel. También lloro por la tristeza, fruto de la sensatez que da el tiempo, que siento cuando comprendo que nunca deberíamos haber llegado a tener que redactar esas letras.
Sé, a ciencia cierta, que el tiempo todo lo cura, que nunca dejaremos que algo así vuelva a pasarnos porque los lazos que nos unen; las experiencias que hemos vivido juntas; los días que pasaban mientras yo te veía crecer y dormir en la cama de al lado tienen más valor que cualquier cosa en el mundo. Esperar aquella Navidad mi regalo de Reyes adelantado, sin importarme ningún juguete, es de los momentos más bonitos que la vida me ha ofrecido; y es, precisamente por eso, por lo que cada día doy gracias a Dios por tener una cama al lado de la mía, aunque la mitad de las veces tenga que hacerla yo; y por poder recurrir siempre a una medicina infalible que me reconforta a pesar de no necesitarla: mi hermana.
Luciérnaga
Con el espíritu, con todo lo referente a los sentimientos, nadie dice nada; pero es que las dosis de medicina para el alma nuca son contra indicativas.
¿Qué mejor medicina que leer una carta que en un momento determinado te hizo tanta falta? Hoy, quizás mi alma está tan sumamente bien que leer algo así me hace llorar. Y no sólo por la emoción que provocan todas las palabras que encierra un trocito de papel. También lloro por la tristeza, fruto de la sensatez que da el tiempo, que siento cuando comprendo que nunca deberíamos haber llegado a tener que redactar esas letras.
Sé, a ciencia cierta, que el tiempo todo lo cura, que nunca dejaremos que algo así vuelva a pasarnos porque los lazos que nos unen; las experiencias que hemos vivido juntas; los días que pasaban mientras yo te veía crecer y dormir en la cama de al lado tienen más valor que cualquier cosa en el mundo. Esperar aquella Navidad mi regalo de Reyes adelantado, sin importarme ningún juguete, es de los momentos más bonitos que la vida me ha ofrecido; y es, precisamente por eso, por lo que cada día doy gracias a Dios por tener una cama al lado de la mía, aunque la mitad de las veces tenga que hacerla yo; y por poder recurrir siempre a una medicina infalible que me reconforta a pesar de no necesitarla: mi hermana.
Luciérnaga
domingo, 12 de febrero de 2012
Nunca más
Escuchando un pasodoble, en los cuartos de final del COAC, me emocioné. Quizás fue por la situación o quizás tan sólo fue porque era la letra que necesitaba escuchar.
Este año, no pisar las tablas de un teatro para cantar, divertirme y disfrutar de la reacción de un buen público está siendo muy duro. Sólo he participado en tres agrupaciones, sólo he sentido esas emociones durante tres Febreros, pero viéndolo desde fuera me siento desubicada.
Tengo la sensación de haber estado toda una vida cantando de escenario en escenario. Cogiendo el coche, haciendo caso omiso a las condiciones meteorológicas, para llegar con mi disfraz en su funda a cualquier teatro rebosante de gente cuya única pretensión era olvidar todos los problemas del día y día y pasar un buen rato conmigo.
¿Quién iba a decirme que el carnaval podía dar tanto y a la vez quitarlo? Desde el febrero de 2011 he vivido mil sensaciones distintas: ilusión, alegría, tristeza, euforia, pánico, rabia, dolor, desesperanza, satisfacción... Sentimientos encontrados y, en algunos casos, contradictorios; pero todos ellos fruto de una forma de ver la vida.
Hoy necesito y quiero recordar todos esos momentos. Porque, aunque desde hace unos meses la desilusión por no cumplir un sueño ha sido la que me ha arropado cada noche, no dejo de maquinar mil historias diferentes para vestir de gala mi sueño, para escribirlo con letras sencillas pero elegantes y, sobre todo, para que mi Febrero no se quede incompleto nunca más.
Luciérnaga
Este año, no pisar las tablas de un teatro para cantar, divertirme y disfrutar de la reacción de un buen público está siendo muy duro. Sólo he participado en tres agrupaciones, sólo he sentido esas emociones durante tres Febreros, pero viéndolo desde fuera me siento desubicada.
Tengo la sensación de haber estado toda una vida cantando de escenario en escenario. Cogiendo el coche, haciendo caso omiso a las condiciones meteorológicas, para llegar con mi disfraz en su funda a cualquier teatro rebosante de gente cuya única pretensión era olvidar todos los problemas del día y día y pasar un buen rato conmigo.
¿Quién iba a decirme que el carnaval podía dar tanto y a la vez quitarlo? Desde el febrero de 2011 he vivido mil sensaciones distintas: ilusión, alegría, tristeza, euforia, pánico, rabia, dolor, desesperanza, satisfacción... Sentimientos encontrados y, en algunos casos, contradictorios; pero todos ellos fruto de una forma de ver la vida.
Hoy necesito y quiero recordar todos esos momentos. Porque, aunque desde hace unos meses la desilusión por no cumplir un sueño ha sido la que me ha arropado cada noche, no dejo de maquinar mil historias diferentes para vestir de gala mi sueño, para escribirlo con letras sencillas pero elegantes y, sobre todo, para que mi Febrero no se quede incompleto nunca más.
Luciérnaga
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Escribir, leer, releer, vivir... todo es lo mismo
"Mire, Daniel, a mi edad o uno empieza a ver la jugada con claridad o está bien jodido. Esta vida vale la pena vivirla por tres o cuatro cosas, y lo demás es abono para el campo. Yo he hecho mucha tontería ya, y ahora sé que lo único que quiero es hacer feliz a la Bernarda y morirme algún día en sus brazos. Quiero volver a ser un hombre respetable, ¿sabe usted? No por mí, que a mí el respeto de este orfeón de monas que llamamos humanidad me la trae flojísima, sino por ella. Porque la Bernarda cree en estas cosas, en las radionovelas, en los curas, en la respetabilidad y en la virgen de Lourdes. Ella es así y yo la quiero como es, sin que me cambien ni un pelo de esos que le salen en la barbilla. Y por eso quiero ser alguien de quien ella pueda estar orgullosa. Quiero que piense: mi Fermín es un cacho de hombre, como Cary Grant, Hemingway o Manolete."
¿Cuántos hombres habrá y habrá habido, sobre la faz de la tierra, deseando ser un cacho de hombre para una mujer? Dispuestos a obtener respetabilidad, no por ellos, sino por la mujer con la que desean pasar el resto de sus vidas, con la única meta de poder morir algún día entre los brazos de una Bernarda.
Y, ¿cuántas Bernardas han tenido que abrazar con fuerza a su Cary Grant mientras éste exhalaba las últimas gotas de aire?
Puedes leer mil veces un libro por el mero y puro placer de recorrer, una y otra vez, con tus ojos una historia que te ha embelesado. Pero siempre que lo hagas, descubrirás algo nuevo; como si el libro se reescribiera para ti. Aunque esta reescritura, no corre por cuenta del autor, sino del cansino lector que extrapola su lectura a una vivencia, un comentario o simplemente una anécdota.
Ruiz Zafón, al poner estas palabras en boca del entrañable Fermín Romero de Torres, pensaría en una Bernarda o en un Fermín presentes en su vida. Yo, al releer este párrafo, supe que estaba escrito para una Bernarda, de tantas otras, que vió morir a su Fermín entre sus brazos. Una Bernarda que tuvo que soportar ver como Fermín iba olvidándose de todo poco a poco, como si ni siquiera ella hubiese existido. Un Fermín, que un día soñó ser Cary Grant y que lo consiguió, pero que quizás postrado en su cama, sin pizca de aire galán, ya habría olvidado que un día lo fue. Pero en los ojos azulísimos de Fermín, Juan, Luis o como queramos llamarlo, podía verse esa claridad de jugada, esa meta en la vida: hacer feliz a Bernarda.
Y, ¿qué sucede cuando Fermín desaparece de la historia? Sucede algo inaudito, único, irrepetible. Bernarda es feliz cada vez que rememora los momentos en los que su Cary Grant deseó hacerla feliz. Recuerda cada momento que él no pudo recordar en sus últimos días. Cuando la miraba desde la puerta de la cocina oyendo intrigadísima la radionovela; cuando cogía su rosario y se iba a misa, más guapa que ninguna; o cuando estaban tumbados en la cama y Fermín le acariciaba la barbilla pinchándose con ese pelito que le salía y que ahora se ha tornado nieve.
La mayoría de las veces, Bernarda recuerda ensimismada mirando la televisión, para sí misma, como si esos recuerdos fuesen imágenes de la telenovela que está viendo. Pero, en otros momentos, sus recuerdos son en voz alta, ante Daniel, o como queráis llamarme; porque al minuto de la conversación no tiene importancia mi presencia. Y Bernarda cuenta una historia para ella, sólo por el placer de saborear cada una de las palabras que va pronunciando; rememorando momentos de un libro, el de su propia vida, que aún está por terminar, pero del que no se cansa por más veces que vuelva a leerlo.
Luciérnaga
¿Cuántos hombres habrá y habrá habido, sobre la faz de la tierra, deseando ser un cacho de hombre para una mujer? Dispuestos a obtener respetabilidad, no por ellos, sino por la mujer con la que desean pasar el resto de sus vidas, con la única meta de poder morir algún día entre los brazos de una Bernarda.
Y, ¿cuántas Bernardas han tenido que abrazar con fuerza a su Cary Grant mientras éste exhalaba las últimas gotas de aire?
Puedes leer mil veces un libro por el mero y puro placer de recorrer, una y otra vez, con tus ojos una historia que te ha embelesado. Pero siempre que lo hagas, descubrirás algo nuevo; como si el libro se reescribiera para ti. Aunque esta reescritura, no corre por cuenta del autor, sino del cansino lector que extrapola su lectura a una vivencia, un comentario o simplemente una anécdota.
Ruiz Zafón, al poner estas palabras en boca del entrañable Fermín Romero de Torres, pensaría en una Bernarda o en un Fermín presentes en su vida. Yo, al releer este párrafo, supe que estaba escrito para una Bernarda, de tantas otras, que vió morir a su Fermín entre sus brazos. Una Bernarda que tuvo que soportar ver como Fermín iba olvidándose de todo poco a poco, como si ni siquiera ella hubiese existido. Un Fermín, que un día soñó ser Cary Grant y que lo consiguió, pero que quizás postrado en su cama, sin pizca de aire galán, ya habría olvidado que un día lo fue. Pero en los ojos azulísimos de Fermín, Juan, Luis o como queramos llamarlo, podía verse esa claridad de jugada, esa meta en la vida: hacer feliz a Bernarda.
Y, ¿qué sucede cuando Fermín desaparece de la historia? Sucede algo inaudito, único, irrepetible. Bernarda es feliz cada vez que rememora los momentos en los que su Cary Grant deseó hacerla feliz. Recuerda cada momento que él no pudo recordar en sus últimos días. Cuando la miraba desde la puerta de la cocina oyendo intrigadísima la radionovela; cuando cogía su rosario y se iba a misa, más guapa que ninguna; o cuando estaban tumbados en la cama y Fermín le acariciaba la barbilla pinchándose con ese pelito que le salía y que ahora se ha tornado nieve.
La mayoría de las veces, Bernarda recuerda ensimismada mirando la televisión, para sí misma, como si esos recuerdos fuesen imágenes de la telenovela que está viendo. Pero, en otros momentos, sus recuerdos son en voz alta, ante Daniel, o como queráis llamarme; porque al minuto de la conversación no tiene importancia mi presencia. Y Bernarda cuenta una historia para ella, sólo por el placer de saborear cada una de las palabras que va pronunciando; rememorando momentos de un libro, el de su propia vida, que aún está por terminar, pero del que no se cansa por más veces que vuelva a leerlo.
Luciérnaga
jueves, 15 de diciembre de 2011
Mi cajón rebelde
Echando un vistazo a mi disco duro, guardado en el cajón de los desastres, he encontrado una joyita de hace seis años nada menos. Así que, si alguno de los que os asomáis por mi rincón de vez en cuando, encontráis mis letras algo más torpes de los que es habitual en mí, no os asustéis; se trata de la inexperiencia y la rebeldía propia de la juventud.
Espero que, al menos, reflexionéis en cuanto a todo lo que conlleva el texto: el tema, su profundidad, la forma y el estado de ánimo desde el que está escrito, etc. No sé por qué, pero siento la apremiante necesidad de publicarlo.
Espero que, al menos, reflexionéis en cuanto a todo lo que conlleva el texto: el tema, su profundidad, la forma y el estado de ánimo desde el que está escrito, etc. No sé por qué, pero siento la apremiante necesidad de publicarlo.
¡ NO VOY A HABLAR !
Hoy, en una tertulia de sobremesa, me han tachado de no saber hablar. Y no digo que no, pues aún estudiando el modo y el uso de las letras, soy una conversadora un tanto exacerbada que se siente amenazada con cualquier comentario dirigido hacia sus ideales. Pero tengo a mi favor el hecho de que al no saber hablar o conversar, quizás Dios quiso otorgarme el don de la escritura, con la que Él consideraría (me atrevo a aventurar) que una servidora podría defenderse de todo tipo de acusaciones o, como en muchas ocasiones, de expresar lo que siento. Pues como bien digo, voy a hacer uso de este preciado don, que a mi parecer me caracteriza, alegando todo lo que no he podido o no se me ha permitido alegar no hace mucho:
En primer lugar, ninguno de los que vivimos en este siglo XXI de la ciencia y de la “contranatura”, sabemos cuál de nuestros allegados nos sorprenderá con la noticia de que es homosexual. Por este motivo no podemos precipitarnos en nuestras opiniones sea cuál sea nuestra ideología, tanto política como religiosa. Quién sabe si el día de mañana un hijo nos confesará su amor por otro hombre, o una hija lo hará del mismo modo por una mujer; y creo, que ningún padre, por poco que entienda la situación, con dos dedos de frente y sobretodo con amor hacia sus hijos, los dejará en la estacada como si de trastos inútiles o no deseados se tratase.
Ya no sólo hablando de padres e hijos, también en el ámbito de la amistad reflexiono sobre la reacción, más aún cuando en este campo me toca de lleno y puedo opinar.
Yo, como persona de izquierdas, defiendo la unión entre personas del mismo sexo y comprendo que se quieran y que deseen pasar el resto de sus vidas juntos; por otro lado, como cualquier pareja heterosexual, entiendo que se separen al descubrir sus diferencias. A mi parecer, son personas normales, que desean y que ahora tienen la oportunidad de hacer una vida normal, sin que nadie pueda mirarlos por encima del hombro cuando van paseando por la calle cogidos de la mano.
No soy persona que demuestre con facilidad sus sentimientos y no me gusta ir cogida de la cintura de mi pareja mientras camino; pero respeto a todo aquel que lo hace, indiferentemente de su condición sexual. No obstante, detesto el comportamiento de algunas parejas que, no sé si queriendo o no, alteran el orden público o al menos escandalizan a personas mayores o niños. Bien sabemos todos que en la calle los niños corren el riesgo de aprender lo que los padres evitan a toda costa que aprendan; y no es todo el problema que un niño vea a dos mujeres besándose. Los padres muchas veces usan la televisión como niñera, y es ahí donde nuestros niños toman un ejemplo que siguen al pie de la letra. Y quizás les haga más daño, en sus mentes aún no desarrolladas por completo, ver como un hombre mata sin piedad a otro; que la imagen de dos hombres besándose.
En cuanto a uno de mis contertulios, el cual comentaba con mucha convicción, por cierto, y cito palabras textuales, que ”los maricones están todos enfermos”, espero pacientemente a que me recomiende el libro o el tema en el que aparece dicha enfermedad, tratada y estudiada en todas la facultades de Psicología (supongo).
Aún no entiendo como una persona de veintitantos años puede mantener y defender, hoy en día, que ser homosexual es algo anormal, y que no vea con buenos ojos que a los niños se les hable de esto para que puedan comprenderlo todo mejor; cuando tan solo con el hecho de hablarlo podríamos empezar a crear una sociedad más abierta y comprensiva. Por culpa de estas mentes retrogradas, nuestra sociedad sigue sin avanzar y muchos adolescentes, y no tan adolescentes, se sienten acorralados en el rincón de un recreo o pandilla, llamado comúnmente “armario”.
Luciérnaga 6 Diciembre de 2005
lunes, 7 de noviembre de 2011
Aurea mediocritas
"Nos pasamos el día juzgando a los demás, opinando, alabando o condenando, y lo hacemos apoyados en pequeños indicios, en levísimas razones". Quizás sea esta máxima la que nos haga sentirnos unos auténticos fracasados cuando la vida nos da un revés, por muy insignificante que sea; o lo que nos hace creernos auténticos dioses cuando tenemos la certeza de que lo que hemos hecho, o estamos haciendo es verdaderamente bueno, o incluso inmejorable. Pero nunca debemos olvidar, por muy abajo o muy arriba que estemos, que lo que somos y lo que podemos llegar a ser reside en nosotros mismos, y nada tiene que ver con lo que los demás puedan esperar de nuestra persona.
Leyendo esta sentencia, llego a plantearme que quizás el aurea mediocritas latina sea totalmente cierto; y que al igual que pensamos aquello de "no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita", dicho sólo por satisfacer nuestro afán conformista; la dorada mediocridad o el dorado término medio sean la justa medida para vivir desahogadamente sin miedo de decepcionar a nada ni a nadie, tan solo con la firme convicción de saber que se está haciendo lo correcto.
Luciérnaga
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